lunes, 9 de julio de 2012

La mayoría imagina que la filosofía consiste en discutir desde lo alto de una cátedra y profesar cursos sobre textos. Pero lo que no llega a comprender esa gente es la filosofía ininterrumpida que vemos ejercer cada día de manera perfectamente igual a sí misma [...]Sócrates no hacía disponer gradas para los auditores, no se sentaba en una catedra profesoral; no tenía horario fijo para discutir o pasearse con sus discípulos. Pero a veces, bromeando con ellos o bebiendo o yendo a la guerra o al Ágora con ellos, y por último yendo a la prisión o bebiendo veneno, filosofó. Fue el primero en mostrar que, en todo tiempo y en todo lugar, en todo lo que nos sucede y en todo lo que hacemos, la vida cotidiana da la posibilidad de filosofar.

Plutarco, Si la política es asunto de los ancianos. 26, 796 d.
Citado por: HADOT, Pierre. ¿Qué es la filosofía antigua? FCE. México D.F. 1998. p. 51)

domingo, 6 de noviembre de 2011

Reflexiones en torno a la tolerancia.

Advertencia: Las ideas que estan expuestas en el presente documento, son una reflexión personal, por ello, no incluí ninguna cita bibliográfica, salvo citar la Biblia para ironizar un poco con respecto al tema, de todas maneras, creo personalmente que es una buena reflexión; por eso la presento aquí en mi blog personal, aunque carezca de "rigor académico", ja.
  SUMILLA

El propósito de la ponencia es develar las implicancias que trae consigo el discurso vigente sobre la tolerancia, no como “acción de tolerar lo tolerable”, sino como una “cualidad esencial” que define al individuo, y que hace posible clasificar a los individuos en “tolerantes” e “intolerantes”, además se señalan los peligros de identificar a la tolerancia como una cualidad positiva y por tanto exigible en los ciudadanos del siglo XXI. Se critica la defensa de la tolerancia formal, vacía de contenido. Se plantea reformular la pregunta ¿qué es la tolerancia? hacia una nueva pregunta ¿qué podemos tolerar?, y se plantea el respeto a la dignidad humana como el criterio de demarcación entre lo tolerable y lo intolerable.

* * *

¿Qué es la tolerancia? es la pregunta con lo cual inicio el presente ensayo y que no pienso responder. Ante todo debo señalar el porqué de dicha actitud.

Quisiera iniciar  señalando que “tolerancia” proviene del verbo “tolerar” que es un verbo, y todo verbo expresa una acción, en este caso una acción humana.  Cuando dejamos de utilizar el verbo “tolerar” y empezamos a hablar de “tolerancia”, dicho verbo pasa por un proceso de sustantivación, dicha sustantivación nos muestra que la tolerancia ha dejado de ser una acción humana cualquiera, para convertirse en un atributo o cualidad sustantivada del ser humano. ¿Qué tipo de atributo? ¿accidental o esencial? Eso es lo que vamos a determinar en este momento.

Desde este momento hablar de tolerancia implica hablar de un atributo, el cual los hombres  poseen o carecen. Se dice esa persona “tiene tolerancia” o esa persona “no tiene tolerancia”, pero esto no se queda allí en el discurso cotidiano actual se va más allá, cuando se comete el exceso de definir a las personas a partir de dicho atributo como si fuera una “cualidad esencial de su ser” decimos “él es tolerante” o “él es intolerante”.

Y en la actualidad a través de diversos discursos y prácticas políticas, se busca legitimar dicha actitud, definir a las personas como tolerantes, o como intolerantes. Obviamente el enemigo político es el intolerante.

Y esto no solo queda allí, pues se filtra en esta manera de ver las cosas una afirmación  axiológica y prescriptiva, pues los discursos y prácticas políticas vigentes, no solo hacen de la tolerancia una cualidad esencial de los seres humanos, sino que hacen de ella una cualidad necesaria y exigible, es decir “no basta con poder ser o no tolerante” se supone que “ser tolerante es bueno” y por tanto “debes ser tolerante”.

Y entonces para concluir esta idea, la tolerancia se ha convertido en la actualidad en una cualidad exigible y necesaria en los ciudadanos del siglo XXI, a su vez la tolerancia, es un término que no puede ser cuestionado, pues cuestionar la tolerancia, implica ser intolerante.

Pero esta lógica nos lleva a caer en una trampa axiológica, pues en la actualidad se  identifica la tolerancia con un valor positivo y a la intolerancia como un valor negativo. Y creo personalmente que esta identificación es injustificada. No se puede realizar esa identificación tolerancia-positivo-bueno-exigible e intolerancia-negativo-malo-execrable. Dicha identificación a pesar de parecer necesaria, es arbitraria. Ya que defiende “una tolerancia en abstracto” y no la dota de un contenido. Me explico, según el discurso actual se “debe ser tolerante” pero no se indica ¿qué es lo que se debe tolerar? Es decir, se defiende una tolerancia formal, abstracta, y se la considera una cualidad exigible, necesaria, positiva y buena.

Voy a señalar dos errores que creo se cometen en dicha identificación:

Primero, pensar que la tolerancia es una “cualidad humana esencial” que podamos definir a las personas como tolerantes o intolerantes. Esto es un error, porque toda persona puede ser tolerante en algunas situaciones y puede no ser tolerante en otras situaciones, es decir, no se puede definir una persona por su tolerancia, y es ilegitimo agrupar a unas personas en el bando de los “tolerantes” y a otros en el de los “intolerantes”. En todo caso, esto cabe dentro de la práctica política que para neutralizar al oponente, lo llama  “intolerante”.

Segundo, no se puede defender la tolerancia en abstracto como una cualidad exigible y positiva, debe sobre todo debe dotársela de un contenido concreto y vigente con respecto a una situación determinada. No se es tolerante en abstracto, sino frente a algo concreto. Y eso es de lo que nunca se habla.

* * *

Para salir de la lógica del discurso vigente en la actualidad, propongo salir del análisis del término “tolerancia” como cualidad esencial predicable a un sujeto, y asumir una variante que nos permitirá comprender mejor dicho problemática.

Creo que es necesario reformular la pregunta inicial ¿qué es la tolerancia? de corte socrático, que pregunta por una esencia, y nos lleva a un mayor grado de abstracción-  a otra pregunta que lleva las cosas a un ámbito más concreto y que tiene un sabor kantiano ¿qué puedo tolerar?

Y creo que esta nueva forma de entender las cosas ayuda mucho. Pues, nos sitúa, en la esencia misma de la tolerancia, es decir, en la acción del tolerar. Preguntarse ¿Qué es la tolerancia? resulta un ejercicio teórico interesante, pero no vital. Preguntarse en cambio ¿qué puedo tolerar?, y ¿que no puedo tolerar? nos sitúa en la práctica misma de la tolerancia.

Y ahora para responder esta nueva pregunta ¿Qué puedo tolerar? Es necesario realizar un préstamo al lenguaje epistemológico, es decir, necesito fijar un criterio de demarcación entre lo tolerable o lo intolerable. Solo a partir de  determinar este criterio podremos dotar de contenido a la tolerancia. Por ejemplo: Puedo tolerar que pienses distinto de mí, ya sea en materia política, religiosa, económica, moral, etc.; pero no puedo tolerar, que uses mi cepillo de dientes, o que invadas mi país, o que atentes contra mi integridad física o moral.  
Y así nuestra reflexión ha salido del dualismo que hace legítimo calificar y clasificar a los hombres en tolerantes e intolerantes, para entrar en la determinación de lo tolerable y lo intolerable. Esto nos permite romper esa injustificada identificación entre la tolerancia-lo bueno y la intolerancia-lo malo, porque nos damos cuenta que así como existen cosas que son tolerables, existen otras que no se pueden tolerar, y hasta podría afirmar que existen hechos y situaciones que no deben ser toleradas; y para esos determinados casos, la intolerancia es una cualidad exigible y necesaria. Por ejemplo, no podemos tolerar la explotación del hombre por el hombre, no podemos tolerar la violación de la soberanía de los pueblos, la destrucción de nuestro planeta, etc.

Y no quiero que se me malinterprete no estoy defendiendo la intolerancia y poniéndome en contra de la tolerancia, mi reflexión plantea determinar un criterio  adecuado que nos permita tolerar “lo tolerable” e intolerar “lo intolerable”. Ya que muchas veces el discurso de la tolerancia, sirve para tolerar “lo intolerable”. Las guerras imperialistas, la injusticia social, la corrupción política, etc, son cosas intolerables, cuya tolerancia se promueve  en nuestra sociedad. La tolerancia funciona como una forma de indiferencia que promueve la inacción frente a nuestra problemática social. La sociedad actual se presenta como una sociedad abierta y tolerante, pero sería muy ilustrativo preguntarnos ¿qué es aquello que no puede tolerar nuestra sociedad capitalista?

He planteado determinar un criterio de demarcación entre lo tolerable y lo intolerable, y antes de terminar este discurso, me gustaría plantear un criterio, a modo de hipótesis, pienso que el criterio de demarcación entre lo tolerable y lo intolerable debe determinarse a partir del principio del respeto de la dignidad humana. Dicho en otros términos, se expresaría de la siguiente manera: se puede tolerar todo aquello que no atente contra la dignidad humana, y se debe intolerar todo aquello que atente contra dicha dignidad. Y esto aunque parece algo tan sencillo, en la actual situación es lo más difícil de hacer, pues en nuestro sistema capitalista los hombres tienen precio y no dignidad.

Para terminar la presente reflexión quisiera citar un pasaje bíblico que resulta muy ilustrativo si lo interpretamos desde el punto de vista de lo tolerable: 

   Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén, y halló en el templo vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y cambistas sentados. Hizo un azote de cuerdas, y los echó a todos del Templo con las ovejas y los bueyes, tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y dijo a los vendedores de palomas: “Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado”. (Sn. Jn. II, 13-22)

Este fragmento del evangelio de San Juan, en clave religiosa se interpreta así “el único acto de violencia que el Evangelio presenta en el comportamiento de Jesús sucede en defensa de la dignidad del Templo de Dios”. Pero haciendo una analogía con la época moderna, si Jesús volviera a nacer y viera como el capitalista ha convertido nuestro mundo, la obra de su Padre, en un mercado, no toleraría dicha situación, y esta vez, seria crucificado por los burgueses. Definitivamente Cristo sería tildado de intolerante en el buen sentido burgués del término.

viernes, 23 de abril de 2010

MISERIAS Y ALEGRIAS DE LA VIDA INTELECTUAL

Fue el filósofo ateniense Platón quien en la última parte de su dialogo Fedro, pone en boca de Sócrates un relato mítico donde nos cuenta el origen de las letras o la escritura; las cuales, si hemos de creer el relato mítico, fueron inventadas por el dios egipcio Theuth, inventor además de el número, el cálculo, la geometría, la astronomía, el juego de las damas y de los dados; pero dichos inventos tenían que ser aprobados por el rey de todo Egipto, el rey Thamus, quien habitaba en la ciudad que los griegos denominaban la Tebas egipcia. Platón nos transmite el dialogo que tuvieron el rey Thamus y el dios Theuth con respecto a la utilidad de las letras o la escritura:
Dijo Theuth: Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría. Pero el rey Thamut le respondió: ¡Oh artificiosimo Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, precisamente padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad[1]

Desde que recorrí por primera vez las páginas del Fedro hasta hoy, he llevado en mí la convicción de que aquel mito platónico expresa una especie revelación, una especie de advertencia para toda persona que se dedique a la vida intelectual, el presente texto, deseo expresar ideas que surgen a partir de la lectura de dicho dialogo, y además busco expresar mis aprendizajes y desaprendizajes sobre la vida intelectual.

El mito narrado anteriormente puede resumirse en una frase: “la sabiduría no se puede transmitir a través de los libros”, consideró que todo aquel que pretenda dedicarse seriamente a la vida intelectual, deberá hacer suya esta frase, porque le evitará caer; en primer lugar, en el culto a los libros, propio de algunos intelectuales que piensan que la sabiduría es proporcional a la cantidad de libros que se ha leído o se posee, y decir atrocidades como esta: “Para hablar conmigo por lo menos es necesario que hayas leído 500 libros”. Le evitará el error de llenarse de una cantidad excesiva de libros que nunca ha de leer, porque si somos realistas, y tenemos en cuenta nuestras ocupaciones diarias a lo largo de nuestra vida será fácil advertir el poco tiempo que queda para la lectura, y en realidad ¿cuántos libros hemos leído y comprendido realmente? Por otro lado, no todos los libros nos tocan por igual, la lectura de un libro no es idéntica para todos, leemos un libro a partir de nuestra experiencia, de nuestras vivencias, y es a partir de nuestra subjetividad, que podemos comprender dicho libro; Platón pone en boca de Sócrates, que al dejar por escrito las ideas, estas siempre dirían lo mismo a sus lectores, pero Borges, sugiere que el hombre y el libro no son estáticos como supone Platón, si no que “estamos cambiando continuamente y puede decirse que cada lectura de un libro, cada relectura, cada recuerdo de esa lectura en nuestra imaginación renueva el texto, el texto está cambiando continuamente, el texto es también (no sólo nosotros) el cambiante río de Heráclito[2].

Pero creo que el principal error contra el cual nos puede precaver, es la soberbia y el orgullo intelectual que nos produce un sentimiento de superioridad, que en realidad oculta un sentimiento de inferioridad, que buscamos llenar con ideologías y teorías prestadas. Veamos este error que consiste en dar primacía a las ideologías sobre la realidad: “Nuestra época dice, Alexis Carrell, es una época ideológica, en la que, en lugar de aprender de la realidad con todos sus datos, construyendo sobre ella, se intenta manipular la realidad ajustándola a la coherencia de un esquema prefabricado por la inteligencia”.[3]

Si bien es cierto, mis detractores dirán que ningún ser humano puede vivir sin una concepción del mundo que le sea útil para desarrollar su vida, ya que esto es una necesidad propia del hombre, yo diré que no considero un error poseer una concepción del mundo, creo que el problema surge cuando dicha concepción deja de ser un medio y se convierte en un fin en sí mismo. Las palabras, las teorías, ya sea filosóficas o científicas; religiones e ideologías, son necesarias para comprender y movernos en el mundo, pero debemos comprender que no pueden encerrar ni limitar la riqueza de la realidad, los hombres que han transformado el mundo, siempre han sido, aquellos que teniendo una concepción, han sido capaces de ver e ir más allá de ella. Cabe en este momento señalar las palabras de Mefistófeles dirigidas al doctor Fausto: “Gris amigo mío es toda teoría, y verde el árbol de la vida”.[4] Esta frase va dirigida al intelectual que encerrado en su gabinete, ha dedicado toda su vida a la búsqueda de la verdad en los libros; Mefistófeles, parece querer decirnos “El sentido de la vida, solo se puede hallar en la vida misma y no en los libros”, con ello propongo comprender los límites de toda teoría y devolver la primacía a la realidad, no propongo tomar medidas extremas como quemar nuestros libros o abandonar la vida universitaria; sino ser conscientes de este hecho y evitar sus consecuencias peligrosas.

Otro problema contra el cual debe prevenirse el intelectual, es lo que Platón denomina la vanidad que produce la falsa sabiduría, y que en la actualidad podemos denominar: el individualismo y sentimiento de superioridad del intelectual con respecto al pueblo y las mayorías. Frente a esta actitud caben tener en cuenta lo siguiente: “La palabra pueblo dice, Romano Guardini, no hace referencia a una masa o a algo inculto o primitivo que aún no ha desarrollado su vida psíquica, su mundo de valores y objetos. Todos estos sentidos proceden del pensamiento liberal, iluminista e individualista. “Pueblo” es la reunión originaria de aquellos hombres que por sus costumbres, su tierra y su desarrollo histórico forman una comunidad de vida y destino… Frente a él está el moderno intelectual, que no es pueblo desarrollado superiormente, espiritualizado, sino un producto negativo, una aparición desarraigada, unilateralizada y desvalorizada.”[5] Un intelectual no puede desligarse del pueblo, sino debe ser su voz, su expresión. El marxista italiano Antonio Gramsci defenderá la idea de un intelectual orgánico, el cual posee un grado de identificación con un determinado grupo social.

Otro prejuicio del cual deberían liberarse los intelectuales, es su prejuicio contra las mayorías, donde ven un reflejo de la masa. Alfonso Lopez Quintás nos dice que la masa no se constituye a partir del número de personas, sino a partir de las relaciones que establecen entre sí, un conjunto de individuos donde no se ha producido una relación de encuentro, de objetivos comunes, de reconocimiento del otro, es una masa; veamos: “El concepto de masa es cualitativo, no cuantitativo. Un millón de personas que se manifiestan en una plaza con un sentido bien definido y valioso no constituyen una masa, sino una comunidad, un pueblo. En cambio, dos personas, un hombre y una mujer- que comparten la vida en una casa pero no se hallan debidamente ensambladas forman una masa.”[6]

El individualismo y además el carácter apolítico, producto del desarraigo del intelectual, son denunciados por Mariategui, quien dice al respecto: “Los intelectuales son, generalmente, reacios a la disciplina, al programa y al sistema. Su psicología es individualista y su pensamiento es heterodoxo. En ellos, sobre todo, el sentimiento de la individualidad es excesivo y desbordante. La individualidad del intelectual se siente casi siempre superior a las reglas comunes. Es frecuente en fin, en los intelectuales el desdén por la política[7]. Veo en Mariátegui al intelectual con sensibilidad social, comprometido con la causa revolucionaria y la formación de un socialismo en el Perú; pero en Mariátegui nunca su visión de la realidad se cerró a los límites de una ideología, intuyó que no son las ideologías las que hacen a los hombres, sino los hombres los que hacen una ideología.
El fin de la vida intelectual lo constituyen la realidad, la vida y los demás seres humanos, la vida en comunidad; el fin del intelectual es comprender y llevar la realización del ser humano como un fin en sí mismo, que necesita desarrollarse libre y creativamente; de allí, la tarea de criticar y superar todas esas formas donde lo humano aparece como un medio; ya sea como un instrumento para la producción y el consumo, ya sea como un potencial buen ciudadano que se adapta al sistema o ya sea como una mercancía que tiene que ofertarse en el mercado. El presente escrito busca, redescubrir una vocación, aceptar dicha vocación, y vivir sus miserias y sus alegrías, plantear el problema de la misión del intelectual en nuestra época. Pero no buscamos poner fin a esta discusión, sino propiciarla, creemos sinceramente que quien asuma la vida intelectual deberá liberarse en primera instancia del intelectualismo o racionalismo, es decir, aquella actitud que nos lleva a pensar que la vida puede reducirse a los esquemas de nuestra razón, con ello deberá precaverse del culto a los libros, deberá a su vez manifestar una humildad intelectual, esta humildad es una condición necesaria para ejercer la actividad intelectual, ya que el saber humano siempre será finito y limitado pese a su gran extensión y profundidad, no importa cuánto conozcamos, siempre existirá una asimetría entre nuestro saber y nuestra ignorancia. Quien desee dedicarse a la vida intelectual deberá comprender este hecho paradójico, que encuentra en la figura de Sócrates su mejor expresión, es precisamente el reconocimiento de la ignorancia el verdadero punto de partida de toda actividad cognoscitiva. Esta humildad intelectual, nos llevará al predominio de la realidad sobre las ideologías, rechazando cualquier tipo de actitud dogmática y su contrapartida la actitud escéptica; esto a su vez nos llevará a reconocer que el intelectual no es un ser aislado, ni superior, ni el único dueño y portavoz de la verdad, sino un ser que pertenece a una comunidad, a un pueblo, a una determinada clase social, con la cual tiene un compromiso. Pero ello también nos debe devolver a la tierra, y liberarnos de supuestas imparcialidades o de poderes sobrehumanos que no poseemos; la vida intelectual, no nos hace seres superiores, no nos da privilegios, sino responsabilidades, tareas urgentes, sentimiento de impotencia, soledad, incomprensión, pocas amistades, y todo ello multiplicados por todos los problemas cotidianos de los demás mortales. La vida intelectual es un destino y una vocación.

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NOTAS:
[1] Fedro 274c-275c.
[2] Conferencia dada por Jorge Luis Borges el 13 de julio de 1977 en el Teatro Coliseo de Buenos Aires.
[3] GIUSSANI, Luigi. El sentido religioso. Fondo Editorial UCSS. Lima. 2005.
[4][4] Goethe. Fausto.
[5] GUARDINI, Romano. Sentido de la Iglesia. Ediciones DINOR. San Sebastián. 1958.
[6] LOPEZ QUINTAS, Alfonso. La manipulación del hombre a través del lenguaje. Edición electrónica.
[7] MARIATEGUI, José Carlos. La escena contemporánea. Amauta. Lima. 1971. p. 154.